Neveras, fábricas, carros de reparto y familias dedicadas durante generaciones al suministro de un producto que fue esencial para conservar alimentos, combatir enfermedades y elaborar refrescos y helados
Mucho antes de que los frigoríficos y congeladores llegaran a los hogares, disponer de hielo durante los meses de verano era una necesidad y, en ocasiones, un auténtico privilegio. En Corella, esta actividad dejó tras de sí pozos de nieve, pequeñas industrias, carros de reparto y varias familias vinculadas a un oficio que desempeñó una importante función sanitaria, comercial y social.
La historia del hielo en la ciudad puede dividirse en dos grandes etapas. La primera corresponde a las antiguas neveras o pozos en los que se almacenaba la nieve recogida durante el invierno. La segunda comenzó con la llegada de la fabricación artificial, representada principalmente por la conocida fábrica «La Siberia» y por otra actividad desarrollada en el lugar denominado «El Paraíso».
En los últimos años, buena parte de esta historia ha vuelto a salir a la luz gracias al trabajo realizado por Biciclistas de Corella, cuyos integrantes dedicaron varios meses a consultar documentación, estudiar las actas de los plenos municipales comprendidas entre 1878 y 1890, conversar con personas conocedoras de este patrimonio —entre ellas Eugenio Alduán— y recopilar fotografías, testimonios y objetos relacionados con la cultura del hielo.
Una investigación compartida con la ciudadanía
El resultado de este trabajo fue presentado públicamente en septiembre de 2025 mediante una charla y una proyección fotográfica organizadas por Biciclistas de Corella. La actividad reunió a unas 70 u 80 personas y fue impartida conjuntamente por Andrés Sanz, conocedor de la historia de los pozos, del comercio de la nieve y de las familias implicadas, y por miembros de la propia asociación.
La convocatoria fue mucho más que un simple encuentro. Constituyó una actividad de divulgación histórica en la que se explicaron los antecedentes de los pozos de nieve, su funcionamiento, las familias que los explotaron, la fabricación posterior de hielo artificial y la tradición corellana de los refrescos y helados.
Durante la presentación también se mostraron piezas vinculadas directamente con esta actividad. Entre ellas se encontraba el antiguo carrito utilizado por Antero Escribano para transportar el hielo. Además, Patricia Cueva enseñó la garapiñera o heladera con la que su abuela y sus hermanos elaboraban los conocidos helados Moreno.
La labor de recuperación promovida por Biciclistas de Corella quedó también plasmada en un panel interpretativo colocado en La Estanca, aproximadamente a cien metros del pozo de nieve de Guarre. El panel, creado por la asociación gracias a la financiación del Gobierno de Navarra y al trabajo voluntario de varias personas, explica la historia de estas construcciones y su importancia para la localidad.
Este elemento fue inaugurado el 13 de septiembre de 2025, junto con otro panel relacionado con la ampliación de la RUSCA, Ruta Saludable y Cultural del Alhama, enriqueciendo así un itinerario que combina actividad física, paisaje y conocimiento del patrimonio corellano.
El abastecimiento de nieve en el siglo XVIII
Los pozos de nieve cuentan con una tradición milenaria. Sus antecedentes se remontan a la China del siglo XI antes de Cristo y posteriormente fueron desarrollados por otras civilizaciones, entre ellas la romana. En España alcanzaron una notable extensión entre los siglos XVII y XIX, hasta que la fabricación artificial de hielo y la llegada de los frigoríficos provocaron su progresivo abandono.
Las primeras noticias documentadas sobre el suministro de nieve y hielo en Corella se remontan a la década de 1780. En aquella época, el Regimiento —nombre que recibía el antiguo Ayuntamiento— arrendaba este servicio con el objetivo de garantizar que la población pudiera disponer de nieve durante los meses más calurosos.
En 1780 figura como arrendador Manuel García, quien debía almacenar el producto durante el invierno y conservarlo hasta su posterior venta. Este dato demuestra que la utilización de la nieve formaba parte de la vida cotidiana corellana aproximadamente un siglo antes de la construcción de los pozos de los que se conocen fechas concretas.
El suministro no respondía únicamente a una demanda relacionada con el consumo o el ocio. El hielo era considerado un producto de importancia pública, especialmente por sus aplicaciones sanitarias y medicinales.
Las neveras de El Ombatillo y La Estanca
Los pozos de nieve eran grandes depósitos excavados en el terreno, generalmente de planta circular y construidos con muros de piedra. Solían estar cubiertos por una cúpula o por otra estructura que los protegía del sol, de la lluvia y de los cambios bruscos de temperatura.
Durante el invierno, la nieve era introducida en su interior y prensada para reducir el aire existente entre las capas. Se utilizaban diferentes materiales aislantes para retrasar el deshielo y el fondo disponía de un sistema de evacuación para retirar el agua producida.
En Corella se conoce la existencia de una nevera construida en 1878 en El Ombatillo, aproximadamente en la zona donde actualmente confluyen la calle Combonianos y la avenida del Villar. La construcción permaneció en pie hasta los años ochenta del siglo XX, cuando fue derribada.
La segunda nevera de la que se dispone de una fecha concreta fue levantada durante el verano de 1883 en Guarre, junto a la antigua laguna, en el espacio conocido actualmente como La Estanca. Su promotor fue Vicente Moreno Aliaga, quien obtuvo la correspondiente autorización municipal.
Este pozo es el único de los conocidos que ha llegado hasta nuestros días y constituye uno de los últimos testimonios materiales de una actividad que durante décadas fue fundamental para la población.
Algunas referencias locales mencionan la existencia de tres pozos de nieve explotados en Corella a finales del siglo XIX. El tercero podría estar relacionado con Martín Ausejo, quien en 1902 pagaba contribución por un pozo de estas características. Sin embargo, su ubicación no aparece suficientemente aclarada en la documentación conocida.
Una subasta a «candela muerta»
La explotación del suministro de nieve se adjudicaba anualmente mediante un peculiar sistema de subasta conocido como «candela muerta». Los interesados presentaban sus pujas mientras permanecía encendida una vela. Cuando la llama se apagaba, la adjudicación quedaba cerrada.
La mayor actividad comercial tenía lugar aproximadamente entre el 1 de junio y el 30 de septiembre, coincidiendo con los meses de temperaturas más elevadas. Durante ese periodo, la nieve almacenada durante el invierno se extraía y distribuía de acuerdo con las necesidades de la población.
La recogida, el transporte, el prensado, la vigilancia y la venta también generaban trabajo para jornaleros, carreteros, comerciantes y vendedores. Alrededor de las neveras se desarrolló, por tanto, una pequeña economía local vinculada a un producto difícil de conservar y muy demandado durante el verano.
Un producto destinado a la salud y a la alimentación
Uno de los principales usos del hielo era sanitario. Se empleaba para reducir fiebres, aliviar inflamaciones, tratar golpes y atender determinadas enfermedades.
La importancia concedida a este suministro quedó reflejada en 1884, cuando no se presentaron licitadores para hacerse cargo del servicio municipal. Ante aquella situación, Martín Ausejo aceptó proporcionar hielo y nieve durante el verano a las personas enfermas de la localidad a cambio de 500 reales.
El hielo permitía también conservar durante más tiempo carne, pescado, leche y otros alimentos perecederos. Antes de la llegada de la refrigeración eléctrica, una porción de nieve podía marcar una importante diferencia en viviendas, establecimientos comerciales y negocios de hostelería.
Otro de sus usos más populares era enfriar agua, vino y otras bebidas. Además, la nieve se utilizaba para elaborar sorbetes, refrescos y helados artesanales, una tradición que terminó quedando estrechamente unida a varias familias corellanas.
Los Moreno-Aliaga y la tradición de los helados
Entre las personas más vinculadas a esta actividad se encuentran Juliana Aliaga y su hijo, Vicente Moreno Aliaga. Durante la década de 1880 se dedicaron al almacenamiento y suministro de nieve y hielo, además de desarrollar actividades relacionadas con los refrescos y la elaboración de helados.
Vicente Moreno Aliaga fue quien construyó en 1883 la nevera de Guarre. Esta actividad tuvo continuidad en generaciones posteriores y quedó vinculada a los Moreno-Arellano, conocidos popularmente como los «Tapias».
Sabino Moreno y Eugenia Arellano, junto con sus hijos —especialmente Esteban y Sabina—, continuaron elaborando y distribuyendo helados artesanales. La garapiñera mostrada por Patricia Cueva durante la charla organizada por Biciclistas de Corella constituye un testimonio directo de aquella tradición familiar.
También aparece vinculada a este oficio la familia Ausejo, especialmente Martín Ausejo Aliaga. Además de responsabilizarse del suministro destinado a las personas enfermas en 1884, en 1902 figuraba como contribuyente por un pozo de nieve. Esta actividad no era necesariamente exclusiva, ya que Martín Ausejo ejercía también como profesor de música.
La llegada del hielo artificial
El sistema tradicional de los pozos comenzó a perder importancia con la aparición de máquinas capaces de fabricar hielo artificial. A ello se sumaron nuevas preocupaciones sanitarias. Un decreto aprobado en 1908 prohibió utilizar hielo natural para la alimentación por razones higiénicas, acelerando el abandono progresivo del oficio de los neveros.
La fabricación industrial permitía producir hielo de forma más controlada, sin depender de las nevadas ni del almacenamiento durante el invierno. En Corella, el principal establecimiento vinculado a esta nueva etapa fue la fábrica conocida popularmente como «La Siberia».
Gaseosas Izal y el nacimiento de «La Siberia»
En 1927, Pablo Izal Delgado adquirió en Zaragoza la maquinaria necesaria para poner en marcha una pequeña fábrica de gaseosas y sifones. El negocio se instaló en el número 12 de la antigua calle Losada, actualmente denominada calle González Tablas, y nació como complemento de la imprenta que ya regentaba.
Poco después comenzó a trabajar en el establecimiento su hijo, José Izal Arigita, que contaba con unos dieciséis años y que terminaría haciéndose cargo de la actividad familiar.
Entre finales de los años treinta y la década de 1940 se instaló una máquina para fabricar hielo artificial y helados. A partir de ese momento, el negocio comenzó a vender grandes barras de hielo tanto al por mayor como directamente al público. La producción se completaba con gaseosas, sifones, refrescos, polos y helados.
El establecimiento recibió el nombre de «La Siberia», una denominación especialmente apropiada para una fábrica dedicada a producir frío en una época en la que la mayoría de las viviendas todavía no disponían de frigorífico.
Las barras eran utilizadas por familias, tiendas, bares y establecimientos de hostelería. Servían para mantener frescos los alimentos, enfriar bebidas y atender las necesidades de celebraciones y reuniones.
En 1958, José Izal modernizó las instalaciones mediante la adquisición de parte de la maquinaria perteneciente a otro fabricante navarro. El negocio también distribuyó bebidas como Sinalco y la zarzaparrilla «1001».
En 1960 alcanzó un acuerdo para distribuir los productos de CARISA, empresa que posteriormente operaría como La Casera en la zona. Aunque dejó de fabricar sus propias gaseosas, José Izal continuó llenando sifones hasta 1971, año en el que terminó definitivamente su actividad como fabricante de bebidas carbónicas.
La fabricación de hielo en «El Paraíso»
«La Siberia» no fue la única actividad relacionada con la producción artificial de hielo. Existen fotografías y testimonios locales que vinculan a Antero Escribano Mateo y Pedro Jiménez Corpas con la elaboración de barras en un lugar conocido como «El Paraíso».
La documentación disponible no permite precisar suficientemente las fechas ni determinar si se trataba de una segunda fábrica completamente independiente o de una instalación dedicada principalmente a fabricar y repartir hielo.
A pesar de estas incógnitas, su recuerdo permanece vivo entre las familias relacionadas con el negocio. El antiguo carrito de madera utilizado por Antero Escribano, mostrado durante la charla de Biciclistas de Corella, permite imaginar una escena habitual de aquellos años: grandes piezas de hielo recorriendo las calles, protegidas para evitar que se derritieran, antes de ser cortadas y entregadas en viviendas, comercios y establecimientos hosteleros.
Un patrimonio que todavía necesita protección
La extensión de los frigoríficos domésticos y de las cámaras eléctricas durante las décadas de 1960 y 1970 hizo desaparecer progresivamente la necesidad de comprar barras de hielo. Con ello fueron abandonándose los pozos de nieve, los carros de reparto y las pequeñas fábricas locales.
Sin embargo, su importancia histórica permanece. Las neveras y fábricas de hielo no fueron simples almacenes o negocios: garantizaron un suministro sanitario, permitieron conservar alimentos, abastecieron a la hostelería y favorecieron el desarrollo de la tradición local de refrescos y helados.
Biciclistas de Corella continúa trabajando para que esta memoria no se pierda. La asociación ha solicitado que se adecente y ponga en valor el pozo de nieve de Guarre, aunque hasta el momento no ha recibido el apoyo necesario para ejecutar esta actuación. Sus integrantes confían en que, en un futuro próximo, pueda acondicionarse el entorno y protegerse adecuadamente uno de los últimos testimonios de esta actividad.
Desde el arrendamiento municipal de Manuel García en 1780 hasta las barras producidas en «La Siberia» y «El Paraíso», la historia del hielo permite recorrer casi dos siglos de transformaciones económicas y sociales. El pozo conservado junto a La Estanca, los objetos guardados por las familias, el panel integrado en la RUSCA y el trabajo de investigación desarrollado por Biciclistas de Corella constituyen hoy piezas fundamentales para conservar y transmitir este capítulo del patrimonio corellano.











