Prudencio Catalán, inseparable de su carro de golosinas y de la esquina de la Plaza de España, nos deja después de toda una vida compartiendo conversaciones, sonrisas y momentos inolvidables con los vecinos de la ciudad
Corella está hoy un poco más triste. Este jueves, 16 de julio, nos ha dejado Prudencio Catalán Cabello, “Pruden”, uno de esos vecinos que, sin necesidad de ocupar grandes cargos ni aparecer continuamente en los actos oficiales, terminan convirtiéndose en una parte imprescindible de la historia cotidiana de una ciudad.
Hablar de Pruden es hablar de su carro de golosinas, de la esquina de la Plaza de España con la calle Mayor y de los cientos de niños que, durante décadas, se acercaron hasta allí para comprar unas pipas, un refresco, un polo o una bolsa de chucherías. Niños que crecieron, formaron sus propias familias y regresaron años después acompañados de sus hijos y de sus nietos.
Porque el puesto de Pruden era mucho más que un lugar en el que comprar golosinas. Era un punto de encuentro, una pequeña ventana desde la que observar la vida de Corella y un lugar en el que siempre había tiempo para una conversación, una broma o un saludo. Desde aquella esquina vio cambiar la ciudad, pasar generaciones enteras y sucederse innumerables historias que, con su habitual discreción, guardó para sí.
Pruden comenzó a vender siendo todavía muy joven. Primero elaboraba polos caseros utilizando vasos de yogur y palillos, que ofrecía por unas pocas pesetas. El 1 de agosto de 1976 inició oficialmente su actividad al frente de un negocio que estaba a punto de cumplir medio siglo. Casi cincuenta años de constancia, esfuerzo y presencia diaria que hicieron de su carro uno de los establecimientos más reconocibles y queridos de Corella.
Allí estuvo en los días de calor y en las frías jornadas de invierno, dependiendo siempre del tiempo y afrontando con buen humor las dificultades propias de trabajar en la calle. También acudió durante muchos años a las fiestas de Cintruénigo, donde su presencia llegó a ser igualmente conocida y esperada. Sin embargo, su lugar siempre quedará unido para los corellanos a aquella esquina que hoy resulta imposible imaginar sin él.
Pruden también tenía una especial afición por la meteorología. Durante décadas fue anotando temperaturas, precipitaciones y otros datos relacionados con el tiempo, construyendo silenciosamente un valioso registro de la vida climática de Corella. Era otra muestra de su perseverancia, de su curiosidad y de esa manera tan personal que tenía de observar lo que sucedía a su alrededor.
Uno de los momentos más emotivos de su vida pública llegó en las fiestas de 2015. Años antes había confesado que uno de sus mayores deseos era poder lanzar algún día el segundo cohete desde el balcón del Ayuntamiento. Corella quiso devolverle entonces una pequeña parte de todo el cariño que él había repartido y le permitió cumplir aquel sueño. Pruden lanzó el segundo cohete ante una plaza llena de vecinos, elegido por lo que representaba para toda la ciudad.
Aquel momento simbolizó el reconocimiento de un pueblo hacia una persona sencilla, trabajadora y cercana. No hacía falta explicar quién era Pruden. Todo el mundo lo conocía. Formaba parte del paisaje de Corella, de sus fiestas, de sus calles y, sobre todo, de los recuerdos de infancia de miles de personas.
Hoy queda un vacío difícil de llenar. Faltará su presencia junto al carro, su saludo, su conversación y esa imagen que durante tantos años acompañó el día a día de la ciudad. Pero permanecerán todas las historias vividas a su lado: las monedas apretadas en la mano de un niño, las bolsas de pipas compartidas en cuadrilla, los refrescos durante las fiestas y las conversaciones de quienes se detenían unos minutos junto a él.
Desde estas líneas queremos trasladar nuestro más sentido pésame a sus familiares, amigos y personas cercanas. También queremos darle las gracias por todos estos años de trabajo, por su ejemplo de constancia y por haber contribuido, desde su pequeña esquina, a hacer de Corella un lugar más cercano y humano.
Gracias por todo, Pruden. Gracias por endulzar la infancia de tantas generaciones y por formar parte de nuestras vidas. Tu carro podrá dejar de ocupar aquella esquina, pero tu recuerdo permanecerá para siempre en el corazón de Corella.











