05/07/2026

Del pozo de nieve a «La Siberia»: la historia del hielo en Corella

Panel dedicado a las antiguas neveras de Corella, integrado en la Ruta saludable y cultural del Alhama y financiado por la Dirección General de Transportes y Movilidad Sostenible del Gobierno de Navarra.

Neveras, fábricas, carros de reparto y familias dedicadas durante generaciones al suministro de un producto que fue esencial para conservar alimentos, combatir enfermedades y elaborar refrescos y helados

Mucho antes de que los frigoríficos y congeladores llegaran a los hogares, disponer de hielo durante los meses de verano era una necesidad y, en ocasiones, un auténtico privilegio. En Corella, esta actividad dejó tras de sí pozos de nieve, establecimientos industriales, carros de reparto y varias familias vinculadas a un oficio que desempeñó una importante función sanitaria, comercial y social.

La historia del hielo en la ciudad puede dividirse en dos grandes etapas. La primera corresponde a las antiguas neveras o pozos en los que se almacenaba la nieve recogida durante el invierno. La segunda comenzó con la llegada de la fabricación artificial de hielo, representada principalmente por la conocida fábrica «La Siberia» y por otra actividad desarrollada en el lugar denominado «El Paraíso».

Los pozos de nieve cuentan con una tradición milenaria. Sus antecedentes se remontan a la China del siglo XI antes de Cristo y posteriormente fueron perfeccionados por los romanos. En España alcanzaron una notable extensión entre los siglos XVII y XIX, hasta que la fabricación artificial de hielo y la llegada de los frigoríficos provocaron su progresivo abandono durante el siglo XX.

El abastecimiento de nieve en el siglo XVIII

Las primeras noticias documentadas sobre el suministro de nieve y hielo en Corella se remontan a la década de 1780. En aquella época, el Regimiento —nombre que recibía el antiguo Ayuntamiento— arrendaba este servicio para garantizar que la población pudiera disponer de nieve durante los meses más calurosos.

En 1780 figura como arrendador Manuel García, quien debía almacenar el producto durante el invierno y conservarlo hasta su venta posterior. Este dato demuestra que la utilización de la nieve formaba parte de la vida cotidiana corellana aproximadamente un siglo antes de la construcción de los pozos de los que se conocen fechas concretas.

El suministro no respondía únicamente a una demanda relacionada con el consumo o el ocio. El hielo se consideraba un producto de importancia pública, especialmente por sus aplicaciones sanitarias y medicinales.

Las neveras de El Ombatillo y La Estanca

Los pozos de nieve eran grandes depósitos excavados en el terreno, generalmente de planta circular y construidos con muros de piedra. Solían estar cubiertos por una cúpula o por otra estructura que los protegía del sol, la lluvia y los cambios bruscos de temperatura.

Durante el invierno, la nieve era introducida en el interior y prensada para reducir el aire existente entre las capas. Se utilizaban materiales aislantes para retrasar el deshielo y el fondo contaba con un sistema de evacuación para retirar el agua que se iba produciendo.

En Corella se conoce la existencia de una nevera construida en 1878 en El Ombatillo, aproximadamente en la zona donde actualmente confluyen la calle Combonianos y la avenida del Villar. Esta construcción permaneció en pie hasta los años ochenta del siglo XX, cuando fue derribada.

La segunda nevera de la que se dispone de una fecha concreta fue levantada durante el verano de 1883 en Guarre, junto a la antigua laguna, en el espacio conocido actualmente como La Estanca. Su promotor fue Vicente Moreno Aliaga, quien obtuvo la correspondiente autorización municipal para construirla.

Este pozo es el único de los conocidos que ha llegado hasta nuestros días y constituye uno de los últimos testimonios materiales de una actividad que durante décadas fue fundamental para la población.

Algunas fuentes locales mencionan la existencia de tres pozos de nieve explotados en Corella a finales del siglo XIX. El tercero podría estar relacionado con Martín Ausejo, quien en 1902 pagaba contribución por un pozo de estas características. Sin embargo, su ubicación no aparece suficientemente aclarada en la documentación conocida, por lo que esta relación debe considerarse probable, pero no completamente confirmada.

Una subasta a «candela muerta»

La explotación del suministro de nieve se adjudicaba anualmente mediante un peculiar sistema de subasta conocido como «candela muerta». Los interesados presentaban sus pujas mientras permanecía encendida una vela. Cuando la llama se apagaba, la adjudicación quedaba cerrada.

La mayor actividad comercial tenía lugar aproximadamente entre el 1 de junio y el 30 de septiembre, coincidiendo con los meses de temperaturas más elevadas. Durante ese periodo, la nieve almacenada en invierno se extraía y distribuía de acuerdo con las necesidades de la población.

La recogida, el transporte, el prensado, la vigilancia y la venta del hielo también generaban trabajo para jornaleros, carreteros, comerciantes y vendedores. Alrededor de las neveras se desarrolló, por tanto, una pequeña economía local vinculada a un producto difícil de conservar y muy demandado durante el verano.

Un producto para la salud, los alimentos y los refrescos

Uno de los principales usos del hielo era sanitario. Se empleaba para reducir fiebres, aliviar inflamaciones, tratar golpes y atender determinadas enfermedades. La importancia que se concedía a este suministro quedó reflejada en 1884, cuando no se presentaron licitadores para hacerse cargo del servicio municipal.

Ante aquella situación, Martín Ausejo aceptó proporcionar hielo y nieve durante el verano a las personas enfermas de la localidad a cambio de 500 reales. El episodio demuestra que su disponibilidad era considerada una cuestión de interés público y no simplemente una actividad comercial.

El hielo permitía también conservar durante más tiempo carne, pescado, leche y otros alimentos perecederos. Antes de la llegada de la refrigeración eléctrica, una porción de nieve o hielo podía marcar la diferencia en las viviendas, establecimientos comerciales y negocios de hostelería.

Otro de sus usos más populares era enfriar agua, vino y otras bebidas. Además, la nieve se utilizaba para elaborar sorbetes, refrescos y helados artesanales, una tradición que terminaría quedando estrechamente unida a varias familias corellanas.

Los Moreno-Aliaga y la tradición de los helados

Entre las personas más vinculadas a esta actividad se encuentran Juliana Aliaga y su hijo, Vicente Moreno Aliaga. Durante la década de 1880 se dedicaron al almacenamiento y suministro de nieve y hielo, además de desarrollar actividades relacionadas con los refrescos y la elaboración de helados.

Vicente Moreno Aliaga fue quien construyó en 1883 la nevera de Guarre, junto a La Estanca. Esta actividad tuvo continuidad en generaciones posteriores y quedó vinculada a los Moreno-Arellano, conocidos popularmente como los «Tapias».

Sabino Moreno y Eugenia Arellano, junto con sus hijos —especialmente Esteban y Sabina—, continuaron elaborando y distribuyendo helados artesanales. La tradición familiar se relaciona directamente con la experiencia anterior de Juliana Aliaga y Vicente Moreno Aliaga en la conservación y comercialización de la nieve.

También aparece vinculada a este oficio la familia Ausejo, especialmente Martín Ausejo Aliaga. Además de responsabilizarse del suministro destinado a las personas enfermas en 1884, en 1902 figuraba como contribuyente por un pozo de nieve. Esta actividad no era necesariamente exclusiva, ya que Martín Ausejo también ejercía como profesor de música.

La llegada del hielo artificial

El sistema tradicional de los pozos comenzó a perder importancia con la aparición de las máquinas capaces de fabricar hielo de manera artificial. A ello se sumaron las nuevas preocupaciones sanitarias. Un decreto de 1908 prohibió utilizar hielo natural para la alimentación por razones higiénicas, acelerando el abandono progresivo del oficio tradicional de los neveros.

La fabricación industrial permitía producir hielo de una forma más controlada, sin depender de las nevadas ni del almacenamiento durante el invierno. En Corella, el principal establecimiento vinculado a esta nueva etapa fue la fábrica conocida popularmente como «La Siberia».

Gaseosas Izal y el nacimiento de «La Siberia»

En 1927, Pablo Izal Delgado adquirió en Zaragoza la maquinaria necesaria para poner en marcha una pequeña fábrica de gaseosas y sifones. El negocio se instaló en el número 12 de la antigua calle Losada, actualmente denominada calle González Tablas, y nació como complemento de la imprenta que ya regentaba.

Poco después comenzó a trabajar en el establecimiento su hijo, José Izal Arigita, que contaba con unos dieciséis años. Con el paso del tiempo terminó haciéndose cargo de la actividad familiar.

Entre finales de los años treinta y la década de 1940 se instaló una máquina para fabricar hielo artificial y helados. A partir de ese momento, el negocio comenzó a vender grandes barras de hielo tanto al por mayor como directamente al público. La producción se completaba con gaseosas, sifones, refrescos, polos y helados.

El establecimiento recibió el nombre de «La Siberia», una denominación especialmente apropiada para una fábrica dedicada a producir frío en una época en la que la mayoría de las viviendas todavía no disponían de frigorífico.

Las barras que enfriaban hogares y establecimientos

Las barras fabricadas en «La Siberia» eran utilizadas por familias, tiendas, bares y otros establecimientos de hostelería. Servían para mantener frescos los alimentos, enfriar bebidas y atender las necesidades de celebraciones y reuniones.

La fabricación de hielo estaba estrechamente relacionada con la producción de gaseosas y sifones. Los mismos vehículos y rutas podían utilizarse para distribuir todos los productos, mientras que el agua fría también resultaba útil durante el proceso de elaboración de las bebidas carbónicas.

Las barras se transportaban protegidas para retrasar su deshielo y se cortaban en porciones adaptadas a las necesidades de cada cliente. Para muchas familias, recibir una pieza de hielo era la única manera de mantener frescos determinados alimentos durante el verano.

En 1958, José Izal modernizó las instalaciones mediante la adquisición de parte de la maquinaria perteneciente a otro fabricante navarro. El negocio también distribuyó bebidas como Sinalco y la zarzaparrilla «1001».

En 1960 alcanzó un acuerdo para distribuir los productos de CARISA, empresa que posteriormente operaría como La Casera en la zona. Aunque dejó de fabricar sus propias gaseosas, José Izal continuó llenando sifones hasta 1971, año en el que terminó definitivamente su actividad como fabricante de bebidas carbónicas.

La fabricación de hielo en «El Paraíso»

«La Siberia» no fue la única actividad relacionada con la producción artificial de hielo. Existen fotografías y testimonios locales que vinculan a Antero Escribano Mateo y Pedro Jiménez Corpas con la elaboración de barras en un lugar conocido como «El Paraíso».

La documentación disponible no permite precisar suficientemente las fechas ni determinar si se trataba de una segunda fábrica completamente independiente, de una continuación de otra actividad anterior o de una instalación dedicada principalmente a fabricar y repartir hielo.

A pesar de estas incógnitas, su recuerdo permanece vivo entre las familias relacionadas con el negocio. Durante un encuentro celebrado en 2025, la familia Escribano mostró el antiguo carrito de madera utilizado para transportar las barras, mientras Antonio Escribano explicó cómo se había puesto en marcha la fábrica.

El carro ayuda a imaginar una escena habitual durante aquellos años: grandes piezas de hielo recorriendo las calles, protegidas para evitar que se derritieran rápidamente, antes de ser cortadas y entregadas a viviendas, comercios y establecimientos hosteleros.

De las neveras a los frigoríficos

La extensión de los frigoríficos domésticos y de las cámaras eléctricas durante las décadas de 1960 y 1970 hizo desaparecer progresivamente la necesidad de comprar barras de hielo. Un producto que durante siglos había requerido almacenamiento, vigilancia, transporte y una compleja organización comenzó a producirse directamente en hogares y negocios.

Con ello fueron desapareciendo los pozos de nieve, los carros de reparto y las pequeñas fábricas locales. Sin embargo, su importancia histórica permanece. Las neveras y fábricas de hielo no fueron simples almacenes o negocios: garantizaron un suministro sanitario, permitieron conservar alimentos, abastecieron a la hostelería y favorecieron el desarrollo de la tradición local de refrescos y helados.

Desde el arrendamiento municipal de Manuel García en 1780 hasta las barras fabricadas en «La Siberia» y «El Paraíso», la historia del hielo permite recorrer casi dos siglos de transformaciones económicas y sociales. El pozo conservado junto a La Estanca y los objetos guardados por las familias constituyen hoy los últimos testimonios de un oficio que ayudó a hacer más soportables los veranos corellanos.

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