Redacción Hoy Corella
Si las piedras hablaran, las de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario no contarían solo una historia: contarían muchas. Algunas de devoción, otras de arte, algunas más de ruina, paciencia y reconstrucción. Porque este templo, que hoy se alza sereno en la plaza de los Fueros, no ha sido edificado de una vez, sino capa a capa, como crece un pueblo, como envejece un rostro: con cicatrices, belleza y memoria.
Todo comenzó en el siglo XVI. Corella pedía a voces una nueva parroquia, y en 1535 el obispado de Tarazona dio luz verde. La iglesia abrió sus puertas en 1546, pero lo que hoy vemos poco tiene que ver con aquel primer edificio. De aquella vieja construcción solo queda la capilla bautismal. El resto se ha rehecho, ampliado, derrumbado y levantado de nuevo, a lo largo de casi cuatro siglos.
Una iglesia que se rehízo a sí misma
En 1657, tres hombres —Alonso de Pamplona, Juan Raón y Juan Martínez— se sentaron a diseñar una nueva iglesia. Querían un templo digno del fervor de la villa, y pensaron en grande: una iglesia barroca de tres naves, crucero, sacristías, bóvedas elevadas y cúpula monumental. La obra se extendió hasta 1671, pero como toda construcción viva, siguió creciendo: entre 1681 y 1686 se añadió el coro y el tramo de los pies. Y la cúpula, caprichosa, se cayó dos veces antes de alcanzar su forma definitiva en 1732, bajo la dirección de Juan Antonio Marzal.
El resultado es un templo de ladrillo visto, que en lugar de esconder su material lo exhibe con orgullo. Las yeserías vegetales que decoran su interior, las bóvedas de lunetos que cobijan la nave central, las bóvedas de arista de las naves laterales… Todo habla del lenguaje del Barroco: dramático, teatral, exuberante. Una arquitectura que no solo alberga lo sagrado, sino que lo representa.
El retablo que lo ilumina todo
Pero si hay algo que detiene la respiración del visitante es el retablo mayor. Frente a él, uno se siente pequeño, como frente a un bosque dorado que no deja pasar la mirada. Tallado entre 1671 y 1679 por Sebastián de Sola y Calahorra y Francisco de Gurrea, el retablo combina columnas salomónicas cubiertas de vides, pinturas brillantes y una composición que recuerda un escenario de ópera.
En su centro, la Virgen del Rosario, sedente, serena, tallada a finales del siglo XVI, parece acoger al visitante con la ternura firme de quien ha visto pasar siglos. A su alrededor, los pinceles del gran Vicente Berdusán narran con color vaporoso escenas de la vida de Cristo y de la Virgen. La Anunciación, la Asunción… más que cuadros, parecen visiones.
Bajo la cúpula, los Padres de la Iglesia pintados en las pechinas por Berdusán en 1670, y los ángeles del tambor de Matías Guerrero completan una escenografía celestial que se enciende aún más si uno se lo imagina a la luz de las velas, como en el siglo XVII.
Una torre que fue muchas torres
La torre de la iglesia merece un capítulo propio. La primera, construida en 1567, parecía empeñada en no durar. Amenazaba ruina desde casi su nacimiento. La repararon Antón de Oraá, su hijo Pedro, Bernal de Aroche, fray Alonso de San José… y aun así, siguió tambaleándose.
En 1953, se tomó una decisión drástica: demolerla y construir una nueva. La obra la dirigió José Luis de Arrese, quien además rediseñó la fachada, liberándola de las casas adosadas que ocultaban su belleza. La nueva torre, de estilo mudéjar, se alzó con dignidad. En el proceso, se desmantelaron viviendas, se cerraron etapas y se inauguró una nueva visión para la plaza de los Fueros.
Durante esas obras, en pleno invierno, los trabajadores picaban piedra bajo una nevada ligera, como se aprecia en una fotografía de aquellos días. No consta que hubiera accidentes ni incidentes, pero sí quedó claro que aquel trabajo no era para cualquiera.
Retablos que hablan, orfebrería que deslumbra
Además del gran retablo, la iglesia guarda otros tesoros: retablos de San Roque, San Antonio, San Pascual Bailón, San Francisco Javier, la Inmaculada… Cada uno representa una etapa, un estilo, una devoción. La mayoría fueron hechos por escultores locales o de Tudela, y muestran la transición del manierismo al barroco, y de ahí al rococó.
En las sacristías y vitrinas se conservan piezas de orfebrería extraordinarias: andas de plata repujada donadas por el conde de Montelirios, una naveta renacentista, un ostensorio rococó, una dulcera con punzón de Guatemala… No es solo arte: es historia viajada, devoción materializada, memoria en forma de metal.
Una iglesia que es también hogar
La iglesia del Rosario ha sido más que un templo. Fue juzgado, fue casa del sacristán y del campanero, fue centro de reunión de Acción Católica y sala de cine para los jóvenes. A lo largo del siglo XX, su entorno fue transformándose sin perder su esencia: la de un lugar que acoge, que cambia con el pueblo, que late al ritmo de Corella.
Hoy, cuando uno entra en ella y escucha el eco de sus pasos entre pilares y bóvedas, es fácil imaginar a los vecinos de otras épocas haciendo lo mismo: buscando consuelo, celebrando una boda, contemplando el oro bajo la cúpula. La iglesia no ha cambiado tanto. Nosotros sí.
Y quizás por eso sigue ahí, firme, abierta, bella. Como una madre que espera con los brazos extendidos. Como una promesa que, a pesar de todo, se mantiene en pie.
Bibliografía
Navarra.com
corella.es
aphcorella.com
unav.edu











