Corella, la elegante ciudad ribera de Navarra, esconde en sus calles más historia de la que puede contar en una sola vida. Y aunque hoy sus visitantes no encuentren torreón alguno coronando el horizonte, hace siglos un imponente castillo custodiaba la villa con toda la dignidad de los bastiones medievales. Sí, Corella tuvo su propio castillo. Y no fue un castillo cualquiera. Fue escenario de intrigas, batallas, reconstrucciones y nombramientos de alcaides que bien podrían formar el elenco de una superproducción de cine épico.
El castillo que se esfumó… pero no de la memoria
No quedan restos visibles de él —ni una torre, ni un muro, ni una almena—, pero las crónicas medievales lo mencionan como una fortaleza de primera línea en la defensa del reino de Navarra, ya desde los albores del siglo XII. Su historia no es solo la de unas piedras; es la de los hombres y mujeres que lo habitaron, lo defendieron, lo reconstruyeron una y otra vez.
En 1276, el caballero Sancho de Valtierra rendía homenaje como gobernador del castillo a la reina Juana. Poco después, en 1290, dos personajes con nombres dignos de novela —Aznar y Fortún Iñiguez— custodiaban las torres del recinto amurallado, mientras Juan Martínez de Medrano ejercía como alcaide, a razón de 15 libras y 75 cahíces (un sueldo generoso para la época).
Ataques, incendios y tejas
El siglo XIV fue una montaña rusa para la fortaleza. Entre alcaides como Pedro Sánchez de Monteagudo o Iñigo Aznárez de Mongeagudo (no confundir con el anterior), el castillo fue atacado, dañado, reparado, donado y vuelto a reclamar. Los de Alfaro, por ejemplo, no se quedaban quietos, y a menudo sembraban el caos con sus incursiones. Aun así, el castillo resistía, gracias a hombres como Diego Martínez de Morentín o el escudero Gil García de Yaniz.
¿Quién dijo que la burocracia es moderna? En 1387, Carlos III el Noble nombró alcaide al chambelán Martín de Aibar, dándole nada menos que cien florines extra. Eso sí que es cuidar al personal.
Una fortaleza en constante reforma
Como buena construcción medieval, el castillo de Corella parecía necesitar siempre algún retoque. En 1429, por ejemplo, se compraron nada menos que 3.000 tejas al orcero Alhalli el Castellano para arreglar los desperfectos. Pero no todo era teja y cal: en 1431 se reforzó la defensa con 20 ballesteros roncaleses, y un año después, el mazonero Martín Murgutio reconstruyó una pared derrumbada.
Se repararon torres, terrados, incluso muros junto a la antigua mezquita. Una obra sin fin, con Lope Barbicano dirigiendo la función en 1434.
Un legado que resiste… en la palabra
El castillo cambió de manos, de alcaides y de enemigos. Fue vendido por el Príncipe de Viana, expropiado por reyes, atacado en guerras (como la de 1460, cuando Corella eligió bando y lo pagó caro). A principios del siglo XX aún quedaban ruinas que susurraban recuerdos de asedios y honores. Hoy ya no queda ni eso, pero la memoria sigue viva.
Un regreso simbólico en el siglo XXI
En septiembre de 2022, la historia del castillo resucitó por una tarde gracias a la Asociación Cultural Tambarria y su décimo aniversario. El Centro Joven de Corella fue el escenario de una apasionante charla a cargo del historiador y arqueólogo Iñaki Sagredo, experto en castillos del Reino de Navarra. Su relato nos devolvió a aquellos tiempos de espadas, torres, tejas y florines.
Porque aunque el castillo de Corella ya no se vea, su historia aún se alza como muralla invisible que nos recuerda que cada piedra, cada calle y cada nombre, tiene algo que contar.


Bibliografía
www.navarchivo.com
www.navarra.es












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