Hay edificios que no son sólo edificios. Son biografías, capítulos de una historia escrita no con tinta sino con cal, sudor y oraciones. Hay sitios que, más que ser construidos, se fundan con obstinación, como se fundan los ideales. El Convento del Carmen de Corella es uno de esos. Lleva cuatro siglos ahí, entre la calle del Carmen y la de Santa Teresa, testigo mudo de una ciudad que creció, sangró, rezó y resistió a base de terquedad navarra y oración descalza.
Una fundación con pólvora y rosarios (1595–1604)
En el año 1595, cuando Felipe II agonizaba en El Escorial y Europa se debatía entre guerras de religión y tratados con letra pequeña, Corella, villa próspera pero aún huérfana de hábito, tomó una decisión audaz: abrir sus puertas a los Carmelitas Descalzos, recién reformados por Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Una orden austera, de hombres de sandalia, carne magra y muchas horas de silencio.
El Ayuntamiento pactó con los frailes: les entregaba la ermita de San Pedro de las Eras –un modesto templo extramuros– y costeaba las obras del convento e iglesia, a cambio de obtener el patronato. Así empezó la historia.
En 1596 ya se ponía la primera piedra. Al frente del proyecto, fray Alonso de San José, un fraile con alma de arquitecto, que diseñó no sólo este convento, sino otros muchos a lo largo y ancho de Castilla. En la obra participaron Beltrán Domínguez, y los maestros Juan Domínguez y Juan Echarri. No eran simples albañiles: eran artesanos del espíritu. En 1604, con mucho trabajo, paciencia y algún que otro milagro logístico, el convento estaba terminado. Aunque no del todo: aún faltaba la iglesia.
La iglesia: arquitectura al servicio del cielo
La iglesia se empezó en torno a 1610, y como todo lo que pretende durar siglos, no fue cosa rápida. Hizo falta otro reguero de dinero municipal y un contratista llamado Francisco de Oyararte, natural de Caparroso. Finalmente, el 17 de julio de 1621, el templo fue solemnemente inaugurado. Adiós a la vieja ermita de San Pedro, que durante un cuarto de siglo había cumplido como capilla provisional.
El edificio sigue el modelo manierista conventual, sobrio pero imponente: planta de cruz latina, una sola nave, cinco tramos y una cabecera recta. Las bóvedas de medio cañón con lunetos envuelven al visitante en una penumbra serena, y en el crucero, una cúpula sobre pechinas (más baja de lo habitual, pero igualmente solemne) remata el espacio con la misma rotundidad con la que los antiguos escribían “Amén”.
En el exterior, la fachada principal, de piedra y ladrillo, sigue modelos contra-reformistas: tres calles verticales, un cuerpo central con un pórtico de tres vanos, una hornacina con la imagen de la Virgen del Carmen, dos placas con anagramas de Cristo y María, y por encima, un óculo (más tarde convertido en reloj), rematado por un frontón triangular y torrecillas con bolas. Las calles laterales, discretas, presentan puertas adinteladas. Y todo ello como si pidiera silencio al que entra y respeto al que pasa.

Capillas, lienzos y una devoción tenaz
Las capillas laterales no son simples añadidos: son santuarios dentro del santuario. En 1639, los sanitarios de Corella levantaron la capilla dedicada a San Cosme y San Damián, patronos de médicos y barberos, con bóveda de aristas y altar propio. En 1653, la familia Escudero compró la de Santa Teresa, de planta cuadrada y cubierta por cúpula. Y ya en el siglo XVIII, la poderosa familia Miñano-Sesma financió la capilla de las Ánimas del Purgatorio, donde esperaban asegurarse una eternidad sin sobresaltos.
Los retablos, obra mayormente de fray Alonso, siguen un estilo clasicista influido por Gregorio Fernández, cuyo taller marcó escuela. El retablo mayor (1639), alberga a una Virgen del Carmen atribuida al propio Fernández, escultor de expresiones dolientes y anatomías de madera que casi respiran. A sus lados, San José y Santa Teresa guardan la nave, no como estatuas, sino como custodios vivos.
En los lienzos, el arte se mezcla con la mística. Uno de los más singulares es el de Pedro Orrente, que representa la aparición de la Virgen y San José a Santa Teresa. Otro, atribuido a Lorenzo Montero de Espinosa, muestra a las Ánimas del Purgatorio en pleno drama barroco, con fuego, ángeles y algún demonio furtivo.
Novicios, guerras y soldados
Entre los siglos XVII y XVIII, el convento fue noviciado en varias etapas. Allí ingresaron 116 corellanos, de los cuales 88 hicieron profesión solemne. Números asombrosos para una villa mediana, que hablan de un fervor local sincero y sostenido. Por aquí pasaron casi mil novicios. Algunos se harían santos, otros, profesores de teología, y alguno quizá desertó camino de Flandes o de una taberna.
Durante la Guerra de la Independencia, en 1808, las tropas francesas ocuparon el convento. Nadie sabe con certeza si se limitaron a dormir o si saquearon lo que pudieron, pero el hecho está documentado: los soldados de Napoleón durmieron bajo bóvedas que hasta entonces sólo habían escuchado latines y salmos.
Después vino la peor batalla: la de los decretos.
Exclaustración, hospital, Guardia Civil… y retorno
En 1835, durante la desamortización liberal, el convento fue suprimido. En 1837, el juez de Tudela llegó con caballería y orden de desalojo. El último fraile salió escoltado, no por ángeles, sino por gendarmes. El convento fue entonces hospital municipal, y en 1862, sus dependencias exteriores alojaron al cuartel de la Guardia Civil, que se quedó hasta 1930. Pagaban 250 pesetas anuales de alquiler. No está mal para un edificio barroco con claustro, huerta y memoria.
El padre Toribio Sada, carmelita corellano, fue el artífice del regreso. En 1880, se instaló en una celda del hospital y pidió permiso para restaurar la comunidad. En 1881, con apoyo del Ayuntamiento, lo logró. En 1892, se restauró la Provincia de San Joaquín. Y en 1898, se inauguró un nuevo hospital, de modo que el convento volvió a ser convento.
En 1995, al cumplirse 400 años de fundación, el convento fue derribado y reconstruido parcialmente, conservando elementos originales. Hoy, sigue habitado por una pequeña comunidad de carmelitas, en retiro y descanso, pero con el mismo espíritu de silencio y contemplación.
Epílogo para quien sepa mirar
Este convento ha sido muchas cosas: casa de oración, hospital, cuartel, noviciado, trinchera espiritual y escuela de vida interior. Ha sido atacado, suprimido, saqueado y reconstruido. Pero jamás vencido.
Hoy, cuando uno pasa por la Calle del Carmen, no basta con mirar: hay que ver. El edificio no grita, pero habla. Y dice cosas que no caben en las guías turísticas: que en sus muros rezaron hombres que jamás buscaron gloria; que por sus pasillos marcharon soldados franceses en la noche más oscura; que allí se gestaron vocaciones, dudas, poemas, cuadros, santos, miserias y milagros.
Y que aún hoy, si uno entra en silencio, puede que escuche, al fondo del templo, el roce de una sandalia, una oración antigua… o el susurro de alguien que nunca se fue. Porque este convento –que fue hospital, cuartel, noviciado y hogar– no es solo historia. Es memoria encarnada. Es el perfume de la fe mezclado con la cal, el polvo y la sangre de España.
Y si duda de esto, mire los muros. Allí están las cicatrices. Y también las alas.
Si alguna vez pasa usted por Corella y ve la piedra dorada por el sol de la tarde, deténgase. Mire bien. Porque, entre los muros del Carmen, aún habita –quieta y serena– la memoria viva de un tiempo en que se creía, se combatía y se soñaba… todo al mismo tiempo.
Bibliografía
Navarchivo.com
Corella.es
cpcorella.educacion.navarra.es
aphcorella.com ocdnavarra.com











