11/03/2026

Corella sobre el Alhama: una historia de puentes, progreso y un invierno de 1962

Imagen de la web navarra.es

Una fría mañana del 25 de enero de 1962, alguien se adentró en el lecho del río Alhama con una cámara de fotos en la mano. Se colocó justo aguas abajo, probablemente con los zapatos empapados y la humedad clavándose en los huesos, y tomó una instantánea que, más de seis décadas después, sigue hablándonos. En ella se ve, en primer plano, una estructura metálica —el encimbrado— sobre la que se alza un encofrado de madera. Es la primera viga del nuevo puente de Corella. Aún sin hormigonar. Aún esperando su forma definitiva. Pero ya, sin saberlo, sostenía el peso de la historia.

Un puente no se construye de golpe: se hereda

El puente que hoy cruza el Alhama en Corella no nació de la nada, sino como respuesta a siglos de lucha entre los corellanos y su río. Desde los tiempos en que los maestros carpinteros, o fusteros, levantaban pasos de madera que las riadas destrozaban con puntualidad trágica, el pueblo había hecho de cruzar el río un acto de fe y de perseverancia.

En 1692 se intentó una solución más firme: un puente de piedra con tres ojos, encargado a Pedro de Aguirre Hernández. Pero incluso antes de terminarlo, una gran riada se llevó uno de ellos. El ojo se reconstruyó. El puente aguantó. Hasta que, como suele pasar, la historia volvió a repetirse.

Ya en el siglo XIX, y con la llegada en 1846 de la carretera de Madrid, se aprovechó un puente de ladrillo con estribos de sillería. Pero la piedra empleada no era buena, y cada cierto tiempo —1876, 1880, 1886— había que arreglarlo. En 1900 la Diputación dijo basta: era hora del hierro.

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La era del hierro… y del susto

El nuevo puente metálico fue proyectado por La Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona y terminó siendo una obra muy avanzada para su tiempo: sin apoyos centrales, con vigas de celosía y una calzada de 4,5 metros. Su inauguración fue una fiesta. Se llenó la ciudad. Hubo banda de música. Hasta los alguaciles estrenaron uniforme. Era más que un puente: era el futuro.

Pero ese futuro empezó a doblarse pronto. En 1911, el puente presentaba ya deformaciones: 69 mm de flecha en el vano central. Se añadieron dos machones en 1915. Aun así, en 1930 una riada se llevó uno. En 1943, otra se llevó el segundo. Durante 27 años, el viejo puente sobrevivió de milagro, apoyado casi exclusivamente en los estribos. Pero ya no había más margen: el progreso exigía una nueva solución.

Torroja y el puente que rompía moldes

En 1960, la Diputación Foral de Navarra encargó el anteproyecto del nuevo puente a quien, sin exagerar, era el ingeniero más brillante del país: Eduardo Torroja Miret. Su hijo, José Antonio Torroja Cavanillas, le acompañó desde el principio y asumió la dirección tras la muerte de su padre. Lo que plantearon no era cualquier cosa: un puente de viga continua, con tres tramos de hormigón pretensado, de 74 metros de longitud total y un tramo central de 50 metros —el más largo del país en su categoría.

La estructura se apoyaría en dos vigas cajón de sección triangular de 2,50 metros de canto, con una calzada de 10 metros de ancho. Era elegante, resistente y pensada para aguantar el paso del tiempo, el peso de los vehículos y las furias del río.

25 de enero: una fotografía y una promesa

El 25 de enero de 1962, la obra ya estaba en marcha. Se había instalado el encimbrado metálico en el cauce y sobre él comenzaban los trabajos de encofrado en madera para la primera viga. Fue ese el instante que inmortalizó el fotógrafo —probablemente enviado por la Dirección de Caminos— cuya imagen se conserva hoy entre los archivos, con el sello de Zubieta y Retegui de Pamplona y el nombre del ingeniero Manuel Sainz de los Terreros anotado al dorso. Una imagen pequeña (7×10 cm), pero cargada de simbolismo.

Dos semanas más tarde, el 10 de mayo, las autoridades visitaron la obra. Otra fotografía lo atestigua: al norte, en la margen izquierda del río, un grupo de hombres de traje inspecciona el avance. Entre ellos, Miguel Arrechea, representante del gobernador civil, y Julio Asiáin Gurucharri, alcalde de Corella y diputado foral por Tudela, reconocible por sus gafas de sol. Detrás, la entrada de la carretera de Cintruénigo (hoy NA-6920), que parece también querer cruzar el puente cuanto antes.

No era una visita cualquiera. Era una escena que mezclaba técnica y política, simbolismo y progreso. Corella ya no reparaba puentes: los reinventaba.

El puente de hoy: firme, discreto, vital

Una vez finalizada la obra en 1963, el viejo puente metálico fue demolido. El nuevo puente, construido por la Société Marocaine d’Exploitation des Entreprises Fernández, comenzó a cumplir su función con una naturalidad que solo da la buena ingeniería: sin aspavientos, sin fallos, simplemente estando ahí.

Hoy, lo cruzamos sin pensar. Vamos al colegio, al campo, al médico. Pero bajo nuestras ruedas y pasos, laten siglos de historia: puentes de madera, de piedra, de hierro… hasta llegar al hormigón pretensado de Torroja. Un puente que no solo une márgenes: une generaciones, épocas y memorias.

Y todo comenzó con una fotografía. Y un día frío de enero. Y un pueblo entero que, una vez más, decidió cruzar.

Biografía

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