Hay edificios que se visitan. Y otros que se escuchan.
La Iglesia de San Miguel, en el corazón de Corella, no se recorre: se atraviesa como quien cruza un umbral entre siglos. Porque esta no es solo la iglesia más antigua de la ciudad, es también la que más ha visto, la que más ha perdido… y la que mejor ha sabido rehacerse.
Una iglesia nacida en la frontera
Su origen se pierde entre los pliegues de la Edad Media, cuando Corella era tierra de paso, de comercio… y de conflictos. Entre Castilla y Navarra, la paz era un lujo y la piedra, un testigo silencioso del estruendo. Y entonces, en 1429, llegó el desastre: una guerra —una más— redujo el templo primitivo a poco más que ruinas. Pero, como toda historia corellana que se precie, aquella también se reconstruyó con uñas, fe y comunidad.
No se partió de cero, sino de la memoria: la iglesia fue rehecha siguiendo el modelo original, casi como un acto de terquedad espiritual. A lo largo del siglo XV comenzaron a brotar capillas como ramas de un viejo tronco: la de la Piedad, la de San Bartolomé, la de San Martín —esta última aún conserva su aire gótico, como si se negara a dejar atrás sus raíces medievales—.
De la sombra gótica a la luz barroca
Pero San Miguel no se detuvo ahí. En el siglo XVI, se añadió una antesacristía y una torre que hoy ya no existe, pero que durante siglos dibujó en el cielo el perfil de la fe corellana. Fue una época de canteros, de planos, de reformas. De paciencia esculpida a golpes de martillo.
Y entonces llegó el siglo barroco. Y con él, la iglesia cambió de alma. Como una dama que se viste para un gran baile, San Miguel se transformó. De las sombras del gótico, pasó a la luz dramática del barroco, con tres naves abiertas, arcos de medio punto, y una cúpula elíptica que hoy todavía corta el aliento a quien alza la vista.
En lo alto, una escena no apta para tibios: San Miguel, en su papel más teatral, capitanea una legión de ángeles mientras, con elegancia feroz, aplasta al demonio bajo sus pies. No es una metáfora: está ahí, suspendido, como si el mal aún intentara escapar del destino que le fue impuesto por los cielos… y por los escultores.
Artistas, reformas y el arte de no terminar nunca
Entre 1643 y 1721, desfilaron por la obra arquitectos, canteros, escultores, religiosos y soñadores. Cada uno dejó su huella: Domingo Aguirre, fray Alonso de San José, Juan Martínez, Santiago Raón, el dominico fray Aniceto de Aisa… Todos pusieron su granito de eternidad para dar forma al templo que hoy se alza en el corazón de Corella. Y aunque la fachada se cerró ya en el siglo XIX con la erección de las torres gemelas, lo cierto es que San Miguel siempre ha tenido algo de obra inacabada, de manuscrito abierto.
La fachada misma parece querer contarlo todo de una vez: su estructura de ladrillo y piedra, las figuras de San Pedro y San Miguel, las formas geométricas… todo nos habla de una iglesia que no es solo devoción, sino también escenario de memoria colectiva.
El teatro de la fe
Dentro, el espectáculo continúa. El retablo mayor, barroco y monumental, no necesita luces ni orquesta: basta con contemplar sus columnas gigantes, los querubines que lo habitan, y la talla de Santa Mónica, serena en su silencio. Fue obra de Juan Antonio Gutiérrez, entre 1718 y 1722, aunque no brilló hasta que José Saez de Iniestrillas lo doró en 1789, dándole el fulgor que hoy aún deslumbra.
A sus lados, retablos menores (pero no menos ricos) visten las paredes con diseños rococó —los de San Pedro y Santiago—, con tallas firmadas por maestros de Cervera del Río Alhama, Calahorra, Soria. Cada uno como una estrofa más en este poema visual del barroco.
Y entre los detalles escondidos: una Huida a Egipto pintada en 1704 por un tal Camacho, que parece hablar en susurros desde el banco del retablo de Nuestra Señora del Amor Hermoso. Y no muy lejos, un Ecce Homo veneciano del siglo XVI vigila el panteón de los Arrese, silencioso y solemne.
Órganos, orfebres y ecos
¿Y qué sería de un templo barroco sin música? El órgano, cuya caja fue diseñada por Marcos de Angós en 1728, suena como suena el tiempo cuando se afina. Y si el oído se maravilla, el ojo encuentra en cada rincón tesoros de orfebrería: figurillas flamencas del siglo XVI, una naveta que parece un bajel perdido entre incienso, cálices dorados y cruces barrocas que aún relucen bajo la tenue luz de las velas.
Una iglesia que sigue viva
Y cuando parecía que todo estaba dicho, llegó 1948. Y un nuevo artista, Ceferino Cabañas Palomar, pintó los muros con un pulso moderno que no chirría, sino que dialoga con los siglos. Como si supiera que la historia de San Miguel no es solo del pasado, sino también del presente.
San Miguel, memoria de piedra
No hay templo sin comunidad. Y no hay comunidad sin memoria. La Iglesia de San Miguel no es solo un monumento: es una página viva de la historia de Corella. Un edificio que ha resistido guerras, ha aplastado demonios y ha sido transformado una y otra vez sin perder el alma.
Quien entra a San Miguel, no solo entra a una iglesia. Entra a una conversación con los siglos.
Bibliografía
www.navarchivo.com
www.navarra.es











